La corriente impulsada por la temperatura que impulsa la tecnología moderna

3

El efecto Seebeck no es sólo una nota a pie de página en un libro de texto de física. Es la razón por la que la luz del motor de su automóvil no parpadea aleatoriamente. Es el principio detrás de los termopares que monitorean los hornos industriales y los sensores de su detector de humo.

Thomas Johann Seebeck no se propuso inventar el futuro. Era un físico alemán que vivió a principios del siglo XIX y le gustaba hurgar en vidrio y metales. Pero en 1821 se topó con algo que conectaba el calor directamente con la electricidad.

Antes de Seebeck, la gente conocía la electricidad estática. Conocían los imanes. ¿Pero la idea de que se pueda generar una corriente constante simplemente calentando una parte de un circuito? Eso era nuevo.

Seebeck nació en Tallin, Estonia, cuando la región era parte del Imperio Ruso. Se mudó a Berlín para estudiar medicina y obtuvo su doctorado en medicina en la Universidad de Gottingen en 1802.

Podría haber practicado la medicina. En cambio, eligió la investigación.

En 1814 ya era miembro de la Academia de Berlín. La academia le otorgó un premio en 1816 por su trabajo sobre cómo el estrés cambia la forma en que el vidrio polariza la luz. Pero su verdadera obsesión era el magnetismo.

Mientras probaba cómo reaccionaban diferentes metales a los campos magnéticos, notó algo extraño. El hierro al rojo vivo no sólo perdió su magnetismo. Se comportó de manera extraña cuando se enfrió. A eso lo llamamos histéresis ahora.

Pero los experimentos con el magnetismo lo llevaron a otra parte. Empezó a emparejar metales. Cobre. Bismuto. Hierro. Zinc.

Unió dos tiras conductoras diferentes para formar un circuito cerrado. Luego calentó una conexión.

Lo que pasó después lo cambió todo.

Una corriente eléctrica comenzó a fluir. No se detuvo. Continuó moviéndose mientras un lado del circuito estuviera más caliente que el otro.

Este es el núcleo del efecto Seebeck.

Lo probó con sus propias manos. Literalmente. Tenía un empalme en la mano para calentarlo. La diferencia de temperatura entre su piel cálida y el aire más frío fue suficiente para generar una corriente mensurable.

Funcionó con cualquier par de metales.

Este descubrimiento permitió a los científicos clasificar los materiales en lo que se llama una serie termoeléctrica. Puede predecir qué combinaciones generarán la mayor cantidad de voltaje según su posición en esa lista.

¿Por qué esto importa hoy?

Porque convierte el calor residual en energía.

Piensa en el tubo de escape de tu coche. Hace calor. Ese calor solía escapar a la atmósfera. Ahora podemos utilizar generadores termoeléctricos para convertir esa energía térmica nuevamente en electricidad. Todavía no es lo suficientemente eficiente como para alimentar toda tu casa. ¿Pero para dispositivos de bajo consumo? Es perfecto.

Su horno tiene un termopar. Esa pequeña sonda no es sólo un sensor. Es un dispositivo de seguridad. Utiliza el efecto Seebeck para demostrar que el gas está realmente encendido. Si la llama se apaga, la temperatura baja. La corriente se detiene. La válvula de gas se cierra.

Sin Seebeck, tendríamos una forma mucho menos confiable de monitorear la temperatura en ambientes extremos. ¿Sondas espaciales? Utilizan generadores termoeléctricos de radioisótopos. Se basan en el mismo principio. El calor del plutonio en descomposición crea electricidad. Sin partes móviles. Sólo física.

Seebeck murió en Berlín en 1831. Él